Wario Land 3 (Game Boy Color)


No sé cómo he podido considerarme fan de las portátiles de Nintendo sin haber jugado antes a Wario Land 3. Supongo que nunca es tarde para probar el mejor juego de Game Boy Color que he conocido. Y es lo que debéis hacer ya mismo si también lo dejasteis pasar. Aviso: no es un plataformas convencional, está repleto de secretos (he aporreado cada pared cual Symphony of The Night) y hay que pensar más de lo habitual en esta clase de juegos.

Después de completar este cartucho de principio a fin, me gustaría hacerle saber al mundo entero que Nintendo es increíble. Soy el primero que ha cuestionado muchas de sus decisiones actuales, pero cuando se trata de juegos, aunque sea imposible que acierten siempre, saben hacerlo mejor que nadie. Es algo incuestionable, ahí está su legado y, sea injusto o no, a Nintendo siempre le vamos a pedir más. Wario Land 3 es precisamente la clase de videojuego que nos enseña quién es realmente Nintendo.


Tuve la mala suerte de no poder disfrutar de este título en su momento, lanzado en Game Boy Color allá por el año 2000 y encumbrado al Olimpo de la excelencia por la prensa nacional e internacional que coincidió en sus críticas. Pero el entusiasta jugador de portátiles que os habla, vivía extasiado con Dreamcast, pasando por alto la existencia de Wario Land 3 y cualquier alabanza de los medios hacia un juego que, dicho sin el más mínimo intento de ofender, pertenecía a un sistema menor. Todo mi tiempo libre de 1999 a 2001 perteneció a SEGA.

Curiosamente, el mismo desinterés que me hizo perder la oportunidad de conocer este impresionante juego, fue el causante de no sucumbir al exceso informativo que padecemos y llevarme tan grata sorpresa. Cuando hace escasas semanas me fijé en Wario Land 3, solamente esperaba un juego de plataformas entretenido con el que pasar varias noches gameboyeando felizmente, así ya estarían más que amortizados los 5 euros invertidos en él. No sabía que tenía en mis manos el mejor juego de Game Boy Color de mi colección y el primer candidato a mejor juego que he completado en 2015. Vamos, casi nada.


Al no haber jugado todavía a Wario Land 2, me temo que no podré compararlo con su secuela más directa. Sin embargo, el primer título que protagonizó Wario sí lo conozco sobradamente, es uno de los juegos con los que estrené mi Game Boy (el otro fue Tetris) en 1993. Aquel era un juego que dentro del género de las plataformas, más que en la habilidad para saltar y caer en terreno firme (que también), estaba muy orientado a la exploración, la recolección de monedas y la búsqueda de pasajes ocultos y tesoros; de ello dependía desbloquear el mejor de los finales posibles.

Este tercer juego de Wario, es la culminación de esa fórmula en la que prima la exploración, llegando a cotas de ingenio tan elevadas en su soberbio diseño de niveles, que no han sido pocas las noches que he estado pegado a mi Game Boy intentando resolver el divertidísimo reto que Nintendo planteó. Y admito, sin avergonzarme, que en más de una ocasión me fui a la cama sin poder avanzar, limitándome a recorrer zonas que creía saber de memoria buscando caminos alternativos, buscando la solución del enorme rompecabezas que es en realidad Wario Land 3.


Eso es Wario Land 3, un rompecabezas oculto bajo la apariencia de un clásico y colorido plataformas bidimensional, que te hace darle al coco con bastante frecuencia. Los enemigos que encontramos durante la partida, alteran el estado de Wario transfiriéndole momentáneamente sus poderes, consiguiendo así llegar a lugares a los que normalmente no podríamos. Por ejemplo, si engordamos lo suficiente, podemos romper determinados bloques saltando encima de ellos. Hay diversos estados alterados, cada uno con un beneficio que debes descubrir y aprovechar: arder en llamas, invisibilidad, hincharse como un globo, convertirse en zombi…

Desde los primeros minutos, se nos concede más libertad que en algunos de los RPG lineales que he jugado a lo largo de mi vida. Está compuesto por 25 niveles que se juegan en el orden que el jugador prefiera, siempre que las habilidades adquiridas y los objetos recogidos lo permitan. Por lo tanto, el mapa principal permite avanzar, hasta cierto punto, en la dirección que queramos. Aun suponiendo que pidas ayuda al ser oscuro para que te indique por dónde proseguir con tu aventura, cada nivel debe jugarse como mínimo cuatro veces, porque cuatro son las salidas y tesoros que todos esconden.


Entre los tesoros se encuentran reliquias y artilugios, imprescindibles para llegar hasta el final, ya que dotan a Wario de nuevas habilidades y alteran el mapeado principal abriendo nuevos niveles. Es un título sumamente rejugable, que no te obliga a recolectar sus 100 tesoros pero sí te invita a ello. Incluso hay un ciclo de noche y día que modifica los niveles no sólo en apariencia. Habrá caminos que tal vez sean accesibles durante la noche, o viceversa, dejándote con la duda de no saber qué encontrarás al visitarlos en horarios diferentes.

Wario Land 3 es técnicamente el juego más bonito que he probado de Game Boy Color, una obra maestra del diseño y un derroche de ingenio. Prueba de ello es el detalle de que Wario es inmortal pero en ningún momento tuve la sensación de estar ante un juego simplón. Siempre estuve tan concentrado en resolver sus enigmas, que al apagar la consola seguía pensando cómo lograrlo, mi cerebro continuaba trabajando. Dicha inmortalidad, por otra parte, viene a reafirmar que el enfoque de este cartucho no es el de un plataformas convencional.


Próximamente, publicaremos también un análisis en vídeo. Es un juego imprescindible.

Publicado el 7 de agosto de 2015